verevictor

diciembre 6, 2012

Natasha

Filed under: Uncategorized — mellamanvic @ 1:54 am

Solía  ir al trabajo en bici, y al salir del ascensor borraba yo mismo las huellas que la rueda de la bicicleta había dejado en el espejo. Una mañana, la limpiadora me vio desde el rellano de la escalera y, muy amablemente, me dijo que no era necesario que lo hiciera, que ya limpiaba ella el espejo. Sin hacerle caso, seguí limpiando las huellas cada vez que usaba la bici, pero aquella limpiadora ya me miraba con otros ojos. Le daba los buenos días con una sonrisa, y ella me correspondía. A veces me preguntaba cosas sobre mi vida. Que dónde trabajaba, que cuántos años tenía, ese tipo de preguntas, algo que yo consideraba normal. A veces me regañaba porque el presidente de la comunidad le había dicho que se había encontrado una bici atada en el portal y que eso no podía ser, o que alguien había dejado una bolsa de basura en el rellano de mi escalera y que seguro que éramos nosotros. En ninguno de los casos éramos nosotros los culpables. Me regañaba con una mezcla de cariño y de severidad muy propio de la Europa del Este, y cuando le decía que yo no había sido me guiñaba el ojo y me decía que lo sabía, pero que quizá uno de mis compañeros de piso era el culpable.

Hace un mes empecé a escribir mi tesis doctoral en casa, así que ya no me la encontraba por las mañanas. Hasta hoy, que he salido a comprar unas cosas y me la he encontrado en la calle. Le he preguntado por una venda que tenía en la cara. Una verruga, me ha dicho, que le han quitado porque se empezaba a expandir hacia la oreja. Me ha dicho también que llevaba una semana esperando verme. Para despedirse y darme las gracias.Que mi comunidad tiene un presidente nuevo, y uno de los cambios que ha decidido hacer es el de la limpiadora, o de la empresa de limpieza, así que ya no volveríamos a vernos. Me ha contado que se levanta a las cinco de la mañana y se pasa limpiando portales hasta las tres de la tarde. Que vive con su hija, su yerno (ambos sin trabajo) y sus dos nietos. Que sólo cobra 400€, que antes cobraba más limpiando casas, pero que como ahora tienen que hacerle contrato a las sirvientes domésticas ya nadie requiere de sus servicios. Que posiblemente era su último día limpiando mi portal. Y me ha vuelto a dar las gracias. Cuando le he preguntado que por qué me daba las gracias me ha dicho que era la única persona que le daba los buenos días y que le sonreía.

No me he sentido orgulloso. He sentido asco. Asco de que una mujer tenga que trabajar ocho horas al día a cambio de 400€ y una sola sonrisa. Asco de que el presidente de mi comunidad la eche. Asco de mí, que no tengo poder para ayudarla. Asco de vivir en un mundo en el que la gente no sea capaz de dar los buenos días con una sonrisa a una mujer que, día a día, friega la puerta de su casa. Asco de mí, que hasta hoy no sabía que la mujer que me regañaba se llama Natasha y es de Ucrania. Asco nuevamente de mí, que le regalaba una sonrisa a una desconocida y que las vendo muy caras a la gente a la que supuestamente amo.

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